Los Evangelios

Los recuerdos sobre Jesús no fueron desapareciendo poco a poco, ni las historias que se contaban sobre él se esfumaron con la muerte de quienes lo habían conocido, sino que se conservaron desafiando el paso del tiempo. Quienes lo habían escuchado y habían sido testigos de su actuación juzgaron que merecía la pena recordar sus enseñanzas y acciones. Los que lo conocieron antes de su muerte y descubrieron quién era a partir de experiencias de revelación sintieron la necesidad de preservar aquellos recuerdos.

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Desde Jesús a los Evangelios

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La PRIMERA etapa del proceso que va desde Jesús a los Evangelios es la actividad pública de Jesús. Se trata de una etapa muy breve, pero fundamental, ya que la tradición que más tarde será recogida en los Evangelios no comenzó después de la pascua, sino durante el ministerio de Jesús. Fue el impacto causado por él en sus discípulos y seguidores lo que dio lugar al nacimiento de una tradición sobre él en la que se empezaron a recordar sus enseñanzas y acciones.

Este impacto no se dio de igual manera en todos sus seguidores, si bien en algunos provocó un cambio radical de vida. Los relatos de vocación, que han llegado hasta nosotros en tradiciones independientes (Mc 1,16-20; Lc 9,57-62; Jn 1, 35-51), describen este cambio como el rasgo más distintivo de la respuesta a la llamada de Jesús. A estos discípulos que le siguieron más de cerca Jesús los envió a anunciar el mismo mensaje que él anunciaba (Mc 6, 7-13; Lc 10, 1-12). Este es un dato fundamental en el proceso de formación de los Evangelios, pues muestra que la tradición sobre Jesús, incluidas las primeras formas de la tradición oral, nació en el contexto de esta relación particular de Jesús con sus discípulos y seguidores.

La SEGUNDA etapa de este proceso está dominada por la tradición oral. Esta etapa coincide con la llamada «generación apostólica», que abarca desde la muerte de Jesús hasta la destrucción del Templo de Jerusalén y la desaparición de los apóstoles (30-70 E.C.). En ella, el proceso iniciado durante la etapa anterior adquirió un nuevo impulso gracias a la convicción de que Dios había resucitado a Jesús de entre los muertos, tal como testimoniaban el hecho de la tumba vacía y, sobre todo, sus apariciones a varios de sus discípulos (Mc 16, 1-8; 1 Cor 15, 3-8).

La certeza de que Jesús seguía vivo y de que vendría nuevamente en gloria, transformó la adhesión inicial de los discípulos en una «fe pascual», es decir, una fe que incluía el reconocimiento de la condición «más que humana» de Jesús después de su muerte. Fue esta fe pascual la que impulsó el proceso de la tradición oral, que facilitó la transmisión de los recuerdos sobre Jesús, no ya como los recuerdos de un profeta, sino como los de aquel que había resucitado de entre los muertos y pronto vendría en su gloria.

En la tradición evangélica, las convicciones acerca de la identidad de Jesús, que fueron madurando gracias a la acción del Espíritu en sus discípulos, se expresaron en pequeñas composiciones en las cuales se agruparon tradiciones orales independientes, como ocurrió en el caso de una colección de dichos (reconstruida hipotéticamente y designada con el nombre de Documento Q) o una Fuente de signos (también supuesta detrás del Evangelio de Juan). Por su parte, los recuerdos sobre la muerte de Jesús quedaron fijados narrativamente en un Relato de la Pasión.

La TERCERA etapa del proceso consistió en la composición de los evangelios. Fue un momento decisivo, porque justo entonces las tradiciones sobre Jesús adquirieron una forma más estable. El elemento catalizador de este proceso fue la elección del género biográfico, el cual permitió integrar y relacionar de un modo nuevo dichas tradiciones. Al incorporar las tradiciones sueltas y las pequeñas colecciones y composiciones a este nuevo marco literario, todas ellas adquirieron una función con respecto a la finalidad básica del relato biográfico: revelar la identidad de su protagonista. En la fase de la tradición oral, la pregunta acerca de Jesús había determinado también la conservación y transmisión de los recuerdos sobre él, pero las imágenes que reflejaban aquellas tradiciones y composiciones tenían un carácter más parcial: las colecciones de dichos o parábolas, por ejemplo, estaban centradas en su enseñanza; las colecciones de milagros subrayaban su poder como sanador, etc. Sin embargo, cuando todas estas colecciones y composiciones se situaron en el marco de un relato biográfico, apareció en primer plano la pregunta por la identidad de Jesús.

 La CUARTA etapa del proceso fue la selección de cuatro de las biografías compuestas a finales del siglo I E.C., para configurar el Evangelio tetramorfo. En su primera acepción, la palabra Evangelio se refería al mensaje sobre Jesús, la buena noticia que se proclamaba acerca de él. La caracterización de estas cuatro biografías de Jesús como un único Evangelio en cuatro formas refleja esta misma comprensión y explica la razón de fondo por la que fueron objeto de una mayor estima y veneración: estos cuatro libros (Marcos, Mateo, Lucas y Juan) contenían el Evangelio, que en los otros libros sobre Jesús (como las epístolas) se encontraba sólo parcialmente.

La estima hacia los cuatro evangelios se expresó de diversas formas desde el comienzo, pero la propuesta de otorgar a los cuatro y solo a ellos un valor especialísimo, distinguiéndolos de los demás y relacionándolos entre sí, la hallamos por primera vez en los escritos de Ireneo de Lyon a finales del siglo II E.C. Esta afirmación de Ireneo iba en cierto modo contra la costumbre, pues lo habitual entonces era que cada comunidad o grupo tuviera como referencia un solo evangelio. Sin embargo, la elección que finalmente hizo la Iglesia al tomar como referencia el «Evangelio tetramorfo» (es decir, según cuatro versiones) tiene un sentido profundamente teológico, pues pone de manifiesto que ninguna visión de Jesús puede reflejar completamente el misterio de su identidad.

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¿Dónde se conservaron los recuerdos sobre Jesús?

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Esta pregunta trata de abordar una cuestión que apenas se discute cuando se habla de la transmisión de dicha tradición. Los estudios sobre la tradición oral, en efecto, suelen preguntarse acerca de las formas que adquirieron los recuerdos sobre Jesús y los contextos vitales en que se conservaron y transmitieron, pero no han explorado suficientemente lo que podríamos llamar el «factor regional», que tiene gran importancia para comprender el desarrollo de la tradición. En este sentido es probable que dicha tradición se conservó y transmitió, sobre todo, en la «Tierra de Israel».

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¿Por qué la memoria de Jesús quedó fijada en cuatro relatos biográficos?

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A lo largo del proceso de transmisión de los recuerdos sobre Jesús, estos fueron adquiriendo diversas formas, tanto en la tradición oral como en la escrita: dichos, anécdotas, relatos de milagros, controversias, sumarios de su actividad, etc. Sin embargo, cuando apareció el primer relato sobre él (el Evangelio de Marcos) se alcanzó el gran acuerdo de que esta era la forma más adecuada de conservar la memoria de Jesús, seguramente porque el relato biográfico proporcionaba a sus primeros seguidores un inigualable instrumento con vistas a construir la identidad de Jesús.

¿Cuándo empezaron a considerarse «Escritura» los Evangelios?

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Los relatos de Jesús no recibieron el nombre de «Evangelios» hasta mediados del siglo II E.C. Anteriormente el mártir Justino refiere en su Apología que recibían en nombre de Memorias de los Apóstoles. Y solo quedaron vinculados entre sí como parte del «Evangelio tetramorfo» algunos años después. Pero el reconocimiento de su valor sagrado comenzó mucho antes. En este capítulo se examinan los indicios que revelan un temprano reconocimiento de los Evangelios como «Escritura», un reconocimiento que puede tener su origen en la pretensión que tuvieron sus mismos autores al escribirlos.

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