La Biblia

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Una literatura con historia

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La trama de la Biblia está constituida por un relato épico que describe la aparición del pueblo de Israel y su continua relación con Dios. A diferencia de las mitologías del Medio Oriente, como las narraciones egipcias de Osiris, Isis y Horus o la epopeya mesopotámica de Gilgamesh, la Biblia está firmemente cimentada en una historia terrena. Y, a diferencia de las crónicas monárquicas de otras naciones antiguas de la misma región, no se limita a celebrar el poder de la las dinastías reinantes, sino que nos ofrece una visión, muchas veces crítica, de cómo se ha desarrollado la historia para Israel en relación a unas pautas referidas a exigencias y promesas de Dios. El comportamiento de Israel, su adhesión a los mandamientos de Dios, determinan, según la narración bíblica, la dirección de su la historia.
Serán precisamente dos acontecimientos trágicos los que llevarán a los redactores bíblicos a interpretar críticamente la situación ruinosa de la nación como una amonestación divina, como el llamado a un cambio de orientación en el camino de la historia del pueblo. Con motivo de la devastación de las ciudades del reino del Israel por parte del poderoso imperio asirio (721 aEC) y el posterior incendio de Jerusalén y deportación de muchos de sus habitantes a la capital del brutal imperio babilónico (587 aEC), el relato bíblico se aparta una vez más del modelo normal de la épica religiosa antigua. En muchos de esos relatos, la derrota de un dios frente a un ejército rival significaba, asimismo, el final de su culto. Pero en la Biblia, el poder del Dios de Israel se consideró incluso mayor tras la caída de Judá y el exilio de la población. Lejos de ser humillado por la destrucción de su Templo, el Dios de Israel fue visto como una divinidad de insuperable poder. Porque había manejado a asirios y babilonios para castigar a Israel por su infidelidad. En adelante, tras el regreso de algunos exiliados a Jerusalén y la reconstrucción del Templo, Israel no sería ya una monarquía local más, sino una comunidad regida por una ley religiosa y dedicada a la exacta observancia de los ritos prescritos en sus textos sagrados. Y lo que determinaría el curso de la futura historia de Israel sería la decisión libre de hombres y mujeres de cumplir aquel orden ético-cultual, a diferencia del comportamiento de los reyes del pasado y al margen de la caída de los grandes imperios de la historia.
La gran fuerza de la Biblia residió en esa extraordinaria insistencia en la responsabilidad humana. Otras epopeyas antiguas se desvanecieron
con el tiempo. En cambio, la influencia de la narración bíblica sobre la civilización occidental no haría sino ir en aumento.
En las siguientes páginas trataremos de rastrear las huellas del proceso de redacción de esta importante literatura.

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 ¿Qué es la Biblia?

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La Biblia hebrea es la Escritura fundamental del judaísmo, la primera parte del Canon cristiano y una abundante fuente de alusiones y enseñanzas éticas del Islam trasmitidas a través del texto del Corán.
Se trata de una recopilación de textos narrativos, legales, poéticos y proféticos, escrita en su mayor parte en hebreo. Tradicionalmente, la Biblia hebrea se ha dividido en tres partes principales:

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Biblia

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La TORAH

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(Pentateuco) narra la historia del pueblo de Israel desde la creación del mundo y la época del diluvio y los patriarcas hasta el éxodo de Egipto, la travesía del desierto y la entrega de la Ley en el Sinaí.

  • Génesis
  • Éxodo
  • Levítico
  • Números
  • Deuteronomio

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Los PROFETAS

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En su Primera Parte, cuentan la historia del pueblo desde el paso del Jordán y la conquista de Canaán hasta su derrota y exilio a manos de los asirios y babilonios, pasando por el auge y la caída de los reinos de Israel y Judá.

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ANTERIORES

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La Segunda Parte contiene los oráculos, doctrinas sociales, condenas y expectativas mesiánicas de un variado grupo de individuos inspirados que abarcan un periodo desde mediados del siglo VIII hasta el final del siglo V aEC.

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POSTERIORES

  • Isaías
  • Jeremías
  • Ezequiel
  • Los Doce (Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Miqueas, Naúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías)

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Los ESCRITOS

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Son una colección de homilías, poemas, oraciones, proverbios y salmos que representan la devoción y sabiduría del israelita. En la mayoría de los casos, resulta muy difícil vincularlos a algún suceso o autor concreto. Son producto de un proceso continuo de composición que se extiende durante cientos de años. El material más antiguo de la colección (presente en los Salmos y las Lamentaciones) pudo haber sido recopilado al final de la monarquía. Pero la mayoría de los Escritos pertenecerían a los periodos persa y helenístico (siglos V al II aEC).

Los cinco rollos (meguillot), leídos cada uno en una festividad judía:

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¿Quién escribió la Biblia? ¿En qué época?

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Durante siglos se aceptó como algo natural que los primero cinco libros de la Biblia (conocidos como la Torah, en el judaísmo, y como el Pentateuco, a partir de la traducción griega) habían sido escritos por el propio Moisés poco antes de su muerte en el monte Nebo, según se cuenta en el libro del Deuteronomio. Los libros siguientes habrían sido redactados por Josué, Samuel y el profeta Jeremías sucesivamente. De la misma manera, el rey David habría compuesto los Salmos que se cantaban en el Templo, y el rey Salomón habría pronunciado los Proverbios y entonado el Cantar de los Cantares.
Esta convicción tradicional se formó a partir de algunas expresiones del texto bíblico que mostraban a Moisés como escritor. Él habría escrito por orden de Dios la narración del triunfo en una batalla: «YHWH dijo Moisés: «Escribe esto en un libro para que sirva de recuerdo, y haz saber a Josué que yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo de los cielos» (Ex 17,14). También el contenido de la Alianza del Sinaí: «Entonces escribió Moisés todas las palabras de YHWH; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel» (Ex 24,4). Hasta la marcha por el desierto: «Moisés, por orden de YHWH, escribió los puntos de donde partían, etapa por etapa» (Nm 33,2).

Sin embargo, eruditos dedicados a un minucioso estudio literario y lingüístico de la Biblia comenzaron a plantear algunas preguntas acerca de esta atribución mosaica, que parecía tan obvia. Abraham ibn Ezra (s.XII) lo hace de forma indirecta y enigmática, probablemente para no ser condenado; mientras que Baruc Spinoza (1632-1677) rechaza explícitamente la autoría de Moisés (cf. Tratado teológico-político c.8).

Las principales objeciones a la atribución tradicional son los anacronismos, que reflejan que el autor escribe en una época diversa de la de Moisés. Moisés no pudo haber escrito: «Por entonces estaban los cananeos en el país» (Gn 12,6; 13,7). Porque en tiempos de Moisés los cananeos aún estaban viviendo en el país. Es decir, el texto fue escrito en una época posterior a Josué y los Jueces, quienes todavía siguieron luchando contra los cananeos. Moisés tampoco pudo escribir algunos textos que mencionan a los filisteos (Gn 21,34; 26,14.15.18; Ex 13,17). Porque este pueblo llegaría a la región bastante después de la muerte de Moisés. El autor de Gn 36,31ss escribe sabiendo cuándo comenzó la época monáquica en Israel, que es ciertamente posterior a Moisés.

Por otro lado existen en el Pentateuco duplicados y triplicados con notables diferencias, que serían una incoherencia si hubieran sido escritos por el mismo autor. Hay dos relatos de la creación (Gn 1,1 – 2,4a; 2,4b – 24); dos descendencias de Adán (Gn 4 y 5); tres relatos sobre la esposa en peligro (Gn 12,10-20; 20,1-18; 26,1-11); dos pactos de Dios con Abraham (Gn 15 y 17); dos relatos de la vocación de Moisés (Ex 3 y 6); dos promulgaciones del Decálogo (Ex 20 y Dt 5). En el Pentateuco se nombra a Dios de dos formas distintas: Elohim y YHWH. Lo mismo ocurre con el nombre de la montaña donde Dios se revela, llamada a veces Sinaí, y otras veces Horeb. El suegro de Moisés se llama Ragüel en Ex 2,18 y Jetró en Ex 3,1; 18,1.2.6.12. A los habitantes del país donde vivirán los israelitas se los llama genéricamente cananeos, pero otra veces también amorreos.

Existen cortes y tropiezos en algunas narraciones, que hace pensar en dos escritos mezclados. Por ejemplo, en Gn 7,6ss se repite el comienzo del diluvio y la entrada de Noé al arca. En Gn 37,28 los madianitas encuentran a José y lo sacan del pozo, y se lo venden a los ismaelitas. En 37,36 José es vendido en Egipto ¡por los madianitas! Sin embargo, en 39,1 el mismo egipcio de quien se dijo que lo compró a los madianitas, se lo está comprando a los ismaelitas. En Ex 19,25 Moisés baja del monte y le habla al pueblo… En el versículo siguiente Moisés está otra vez en el monte escuchando la promulgación del Decálogo (20,1).

A veces más que cortes, se trata de ideas muy distintas. En Gn 1 Dios crea al mismo tiempo al varón y a la mujer; pero en Gn 2 Dios crea al hombre, luego a los animales y, buscando una compañía apropiada, finalmente crea a la mujer. En Ex 33,7 la Tienda del encuentro se dice que debe ser levantada fuera del campamento, pero en Nm 2,2 se levanta el campamento alrededor de la Tienda. En Ex 16,14-35 el maná que alimenta a los israelitas es enviado milagrosamente por Dios; pero en Nm 11,6-9 llega como un fenómeno natural. La duración de la fiesta de las Tiendas es de siete días según Dt 16,15 y de ocho según Lv 23,36.

Todas estas observaciones permiten comprender no sólo que Moisés no pudo haber escrito esta obra (pues algunos pasajes son claramente de una época posterior), sino también que el Pentateuco es una composición bastante heterogénea, imposible de atribuir a un único autor. Pero es mucho más difícil explicar cómo y cuándo los diversos autores fueron aportando su trabajo a la conformación definitiva del texto.

Algunos estudiosos sostienen que los textos fueron compuestos y editados durante la existencia de la monarquía de Judá e Israel (c. 1000-587 aEC), mientras que otros insisten en que se trata de composiciones posteriores, recopiladas y editadas por sacerdotes y escribas durante el exilio babilónico y la restauración (en los siglos VI y V aEC). Todos, no obstante, están de acuerdo en que el Pentateuco no es una composición única y sin costura, sino un mosaico de fuentes diversas escritas cada una de ellas en circunstancias históricas distintas para expresar diferentes puntos de vista religiosos o políticos.

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En tiempos del rey Josías

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El mundo donde se escribió la Biblia fue un reino pequeño en el que la gente luchaba por su futuro enfrentándose al miedo, a la guerra, la pobreza, la injusticia, la enfermedad, la hambruna y la sequía. La epopeya histórica contenida en sus páginas comenzó a concebirse hace unos veintiséis siglos.

Su lugar de nacimiento fue el reino de Judá, una región de pastores y agricultores escasamente poblada y gobernada desde una ciudad real levantada sobre empinados barrancos rocosos entre las colinas. Hacia el final del siglo VII aEC, durante unas cuantas décadas de ebullición espiritual y agitación política, un grupo de funcionarios de la corte, escribas, sacerdotes y profetas judaítas, se unió en torno a un movimiento de renovación nacional. El mismo se apoyó en un relato compuesto de memorias, narraciones populares, cantos y profecías. Aquella obra maestra de literatura sería objeto de un posterior trabajo editorial, hasta convertirse en una referencia espiritual, no sólo para los descendientes del pueblo de Judá, sino también para comunidades extendidas por todo el mundo.

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El núcleo histórico de la Biblia nació en el bullicio de las calles de Jerusalén, en los patios del palacio de la dinastía davídica y en el Templo del Dios de Israel. En fuerte contraste con otros pueblos del Medio Oriente, dispuestos a mantener relaciones internacionales mediante la veneración de las divinidades de sus aliados, los dirigentes judaítas del siglo VII, encabezados por el rey Josías (descendiente del rey David en la decimosexta generación), declararon anatema cualquier rastro de culto extranjero, por considerarlo, de hecho, causa de las calamidades que afectaban al país por aquel tiempo. Y emprendieron también una vigorosa campaña de unificación religiosa, ordenando la destrucción de los santuarios de las zonas rurales. A partir de ese momento, el Templo de Jerusalén, sería reconocido como el único lugar legítimo de culto para el pueblo de Israel (2 Re 23,4-20).

¿Cómo podemos advertir que fue en esa época cuando se comenzó a llevar a cabo la compilación de las antiguas tradiciones que integran la narración bíblica? Por un lado, hay referencias sobre el trabajo editorial que se realizaba en el palacio de Jerusalén durante el reinado de Ezequías (fin del siglo VIII aEC): «También estos son proverbios de Salomón, transcritos por los hombres de Ezequías, rey de Judá» (Prv 25,1). Pero, por otro lado, el texto bíblico revela algunas claves que pueden delimitar el momento de la composición final de antiguas tradiciones orales, como los relatos de los Patriarcas. Por ejemplo, las repetidas alusiones a los camellos. Las investigaciones arqueológicas informan que los camellos no fueron domesticados para servir como animales de carga antes del final del segundo milenio, y no se utilizaron ampliamente para ese fin en el antiguo Oriente Próximo hasta bastante después del año 1000 aEC (la época de los reyes de Israel). La caravana de camellos que en la historia de José transporta «goma, bálsamo y resina», revela una evidente familiaridad con los principales productos del lucrativo comercio árabe, floreciente en los siglos VIII-VII aEC bajo la supervisión del imperio asirio. Hasta entonces, los camellos no habían sido un elemento del paisaje lo bastante común como para incluirlos como detalle en una narración literaria.

En los relatos de los Patriarcas también se narra el encuentro de Isaac con «Abimelec, rey de los filisteos», en la ciudad de Guerar (Génesis 26,1). Sin embargo los filisteos, un grupo emigrado del Egeo o del Mediterráneo oriental, no habían establecido sus asentamientos a lo largo de la llanura costera de Canaán hasta algo después del 1200 aEC (la época de Josué y los Jueces). Sus ciudades prosperaron en los siglos XI y X y siguieron dominando la zona hasta bien entrado el periodo asirio. La mención de Guerar como ciudad filistea en las narraciones sobre Isaac y la mención de la ciudad (sin atribuirla a los filisteos) en las historias sobre Abraham (Gn 20,1) dan a entender que tenía una importancia especial, o que al menos era muy conocida, en el momento de la redacción de las narraciones de los Patriarcas. Las excavaciones realizadas allí (hoy Tel Haror) han demostrado que en la fase temprana de la historia filistea (Edad del Bronce I) no era más que un pueblo pequeño y bastante insignificante. Pero, a finales del siglo VIII y en el siglo VII aEC, se había convertido en un bastión poderosamente fortificado de la administración asiría. Es un evidente punto de referencia temporal.

Estos detalles apuntan hacia una fecha de composición de los relatos posterior en muchos siglos a la época en que, según la Biblia, vivieron los Patriarcas. Éstos y otros anacronismos sugieren un periodo intenso de redacción de las antiguas tradiciones en los siglos VIII y VII aEC.

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