Ciclo litúrgico

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El núcleo central del culto de los primeros creyentes en Jesús ha sido la conmemoración de su muerte y resurrección por medio de la celebración de la Cena del Señor, en principio cada PRIMER DÍA de la semana (Hech 20,7; cf. 1 Co 16,2), y más solemnemente una vez al año durante el TRIDUO PASCUAL.

Lo que hoy conocemos como año litúrgico no se empieza a desarrollar hasta el siglo IV. Durante los tres primeros siglos no existió en la Iglesia otra celebración marcada por el ritmo del tiempo que el domingo, aunque existen indicios de una conmemoración anual de la Pascua. Pero sólo a partir de los siglos VIII-IX, cuando los formularios de misas del Adviento se sitúan delante de la fiesta de Navidad y los libros litúrgicos comienzan con el domingo I de Adviento, se puede hablar ya de una estructura litúrgica anual. La denominación «año litúrgico» apareció incluso más tarde.

A la formación del año litúrgico contribuyeron diversos factores, como la capacidad festiva humana, la huella del año litúrgico hebreo y la posibilidad que la Iglesia encontró de proyectar su mensaje sobre la sociedad y la cultura. A esto habría que sumar las necesidades catequéticas y pastorales de las comunidades.

 

El ciclo Pascual

 

La primera noticia cierta de esta celebración la proporciona la famosa cuestión pascual del siglo II referida por Eusebio de Cesárea (Hist. Eccl, V,23-25). Las comunidades judeocristianas de Asia Menor observaban un ayuno el 14 de Nisán, el día en que los judíos se disponían a celebrar la Pascua, mientras que las comunidades occidentales prolongaban el ayuno hasta el domingo. El papa Víctor (+ 203) amenazó con excomulgar a las comunidades de Asia Menor, interviniendo el obispo Ireneo de Lyon para recordar que, unos cuarenta años antes el obispo Policarpo de Esmirna había ido a Roma para tratar el mismo asunto con el papa Aniceto (+ 156), llegando ambos al acuerdo de respetar las respectivas tradiciones. En realidad se trataba de una misma celebración en días diferentes.

De este episodio algunos autores deducen que la práctica judeocristiana, llamada también cuartodecimana, puede ser más antigua que la celebración pascual occidental en domingo. En todo caso, ésta es anterior al papa Víctor, atribuyéndose al papa Soter (+ 182), sucesor de Aniceto, la determinación de la celebración anual dominical de la Pascua. Posteriormente el Concilio de Nicea (a. 325) estableció para todas las Iglesias esta última celebración.

Los primeros datos acerca de una preparación de la Pascua son los del ayuno de dos o tres días en los siglos II y III. En Roma el ayuno se extendía durante tres semanas ya en el siglo IV (SÓCRATES, Hist Eccl 5,22), pero numerosos testimonios hacen pensar en la existencia de la cuarentena penitencial como un hecho general a finales de dicho siglo o comienzos del siguiente. Sin embargo, desaparecida la institución del catecumenado y sustituida la reconciliación pública por la penitencia secreta (s VII), la Cuaresma quedó configurada en el Misal y en el Oficio divino como un tiempo casi exclusivamente penitencial y ascético. La ceniza se empezó a imponer a todos los fieles en el siglo IX, cuando había decaído la práctica de la penitencia pública.

Los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés son celebrados con alegría y exultación como si se tratara de un solo y único día festivo, más aún, como un gran domingo (S Atanasio, Ep fest 1).

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El ciclo de Navidad

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Ahora bien, no sólo en la Resurrección de Jesús había obrado Dios, sino también sus palabras, acciones y toda su vida MANIFESTARON la presencia de Dios entre los hombres (Hech 10,38). Por eso en Oriente se festejó la EPIFANÍA (gr. MANIFESTACIÓN) del Hijo de Dios en el mundo. En el mundo helenístico ya se celebraba la epifanía de la divinidad en un determinado santuario, o la llegada de un importante soberano a una ciudad. La fiesta cristiana conmemoraba, en cambio, la Manifestación de la Palabra eterna de Dios a la humanidad a través del nacimiento de Jesús en Belén (según las tradiciones de Jerusalén, Antioquía y resto de Siria), pero también:

  •  a través de su BAUTISMO en el Jordán (según la tradición egipcia),
  • también mediante el primer signo durante las BODAS DE CANÁ (según el obispo Epifanio de Salamina).

Esta celebración se trasladó también a Occidente, donde la celebración del nacimiento de Jesús se realizaba el 25 de diciembre. Antes de la oficialización del cristianismo como religión del Imperio, ese día se celebraba en Roma la mayor fiesta del Estado: el DÍA DEL NACIMIENTO DEL SOL INVICTO, pues el sol, disminuido cada día durante el invierno, comenzaba a crecer desde el solsticio del 21 de diciembre. A este sol invicto los cristianos contrapusieron el Sol que nace de lo alto, Jesús (Lc 1,78). Y así el 25 de diciembre fue adoptado como DIES NATALIS DOMINI (DÍA DEL NACIMIENTO DEL SEÑOR). Más tarde ese día se fue separando de la celebración de la Epifanía, que quedó significando la manifestación del Mesías a las naciones, representados en los magos que siguieron la estrella.

La preparación a la fiesta de la Natividad se extendió por primera vez en la Galia a un tiempo de tres semanas, según el testimonio del obispo Hilario de Poitiers. Asimismo, el concilio de Zaragoza del año 380 prescribía la asistencia diaria a la iglesia desde el 17 de diciembre al 6 de enero. Estos fueron los antecedentes de lo que más tarde conformaría el tiempo de ADVIENTO (lat. LLEGADA) del Salvador.

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