Año litúrgico

LA PASIÓN EN EL EVANGELIO DE MATEO

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Cada año en el Domingo de Ramos leemos una versión de la Pasión de Jesús según un determinado evangelio: este año corresponde al de Mateo, como el año pasado el de Lucas y el anterior el de Marcos. La pasión según el evangelio de Juan se lee, en cambio, todos los años el Viernes Santo.

No alternamos la lectura para aportar informaciones históricas complementarias. Sino para poder reflexionar en el significado de la muerte de Jesús según una comprensión diferente, de acuerdo al punto de vista de cada evangelio. Así Lucas comprende la muerte de Jesús como la de un Justo que ha sido asesinado, pero que es manifestado como inocente por Dios al resucitarlo de entre los muertos. Los hombres alcanzan la salvación cuando se convierten y reciben el bautismo para el perdón de sus pecados y para recibir una vida nueva. La resurrección de Jesús tiene un significado teológico; su muerte tiene un significado ejemplar, ya que evangelizadores como Esteban y Pablo recorrerán el mismo camino de sufrimiento de Jesús por anunciar la Buena Noticia.

Marcos comprende la muerte de Jesús como un rescate, como un precio para comprar la libertad de los que vivimos cautivos. Si Pedro se opone a que Jesús padezca es porque vive aún preso de los propios pensamientos humanos, tan alejado de los planes de Dios, que son los que hacen al hombre plenamente libre.

Juan comprende la muerte de Jesús como un paso de este mundo al Padre. Habiendo dado a conocer al que lo envió, retorna hacia Él para preparar una morada a los que han creído. Así, podremos estar donde está Jesús y hacer nuestro su gozo perfecto.

La versión de Mateo que hemos leído hoy interpreta la muerte de Jesús como la pasión de la palabra profética. Cada detalle aparece como cumplimiento de alguna profecía que había sido puesta por escrito. Jesús es reconocido por quienes lo aclaman como «el profeta de Nazaret en Galilea». Padece como los profetas anteriores, de quienes se burlaban como ahora se hace con él: «Profeta, adivina, ¿quién te ha pegado?».

En la Pasión según Mateo Jesús muere porque ha denunciado la ilusión que el ser humano mantiene en relación a su propia vida. Ya en el comienzo de su evangelio Mateo nos presenta a Jesús exhortándonos a tener una justicia mayor, no fundamentada en la ostentación de la oración, el ayuno o la limosna, sino en una vivencia de los mandamientos que está vivificada por la rectitud de la intención. Hacia el final nos recuerda los durísimos reproches contra aquellos que, como sepulcros blanqueados, ocultan su violencia y voracidad; contra los que en el cumplimiento meticuloso de determinadas prácticas terminan colando el mosquito y tragándose un camello, porque han descuidado lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Escuchamos hoy este relato de la Pasión no para culpar a los protagonistas pasados de este drama, sino para reconocer estos reproches como una exhortación para nosotros. No podemos excusarnos diciendo que “Si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros hermanos mayores, no nos hubiéramos unido a ellos para derramar la sangre de los profetas”, porque la historia nos muestra que después de Jesús se siguió enviando profetas, sabios y escribas; que igualmente se los ha matado y crucificado, azotado y perseguido de ciudad en ciudad, hasta nuestros días.

Escuchamos hoy el relato de la Pasión según Mateo porque Jesús todavía quiere reunir a los hijos de Dios, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos. Porque el Evangelio todavía sigue anunciando para nosotros la proximidad del Reinado de Dios, la bondad providencial y misericordiosa del Padre y conserva intactas las promesas hechas a cualquiera que realiza en su vida la justicia.

Escuchamos la pasión de Jesús, porque durante la misma él eligió callar, pues ya había anunciado el Evangelio. Nos ha dejado ahora a nosotros la palabra, para que nosotros enseñemos a todos a cumplir lo que él nos ha mandado. Y lo hacemos con la confianza de que no estamos solos, porque «estará siempre con nosotros hasta el fin del mundo».

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LA PASIÓN EN EL EVANGELIO DE LUCAS

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La conversión para perdón de los pecados

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Cada año en el Domingo de Ramos leemos una versión de la Pasión de Jesús según un determinado evangelio: este año corresponde la de Lucas, como el año pasado fue la de Marcos y el próximo será la de Mateo. La pasión según el evangelio de Juan se lee, en cambio, todos los años el Viernes Santo.

No alternamos la lectura para aportar informaciones históricas complementarias. Sino para poder reflexionar en el significado de la muerte de Jesús según una comprensión diferente, de acuerdo al aspecto que más impresionó a cada evangelista. Así, Mateo interpreta la muerte de Jesús, en cada uno de sus detalles, como la realización de alguna profecía del pasado: “… y esto sucedió para que se cumpliera lo que está escrito”. Jesús es reconocido por quienes lo aclaman como «el profeta de Nazaret en Galilea». Padece como los profetas que lo precedieron, de quienes se burlaban como ahora se hace con él: «Adivínanos, ¿Quién es el que te ha pegado?» (Mt 26,68).

Marcos comprende la muerte de Jesús como un rescate, como el precio para comprar la libertad de los que vivimos cautivos. Si Pedro se opone a que Jesús padezca es porque vive aún preso de los propios pensamientos humanos, tan alejado de los planes de Dios, que son los que hacen al hombre plenamente libre.

Juan comprende la muerte de Jesús como un paso de este mundo al Padre. Habiendo dado a conocer al que lo envió, retorna hacia Él para preparar una morada a los que han creído. Así, podremos estar donde está Jesús y hacer nuestro su gozo perfecto.

Lucas comprende la muerte de Jesús como la de un Justo que ha sido asesinado, pero que es manifestado como inocente por Dios al resucitarlo de entre los muertos. Así, uno de los malhechores crucificados reconoce que Jesús «nada malo ha hecho» (Lc 23,41), y el centurión al pie de la cruz alaba a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo» (23,47). La muerte de Jesús cobra un valor ejemplar. Los primeros evangelizadores, como Esteban y Pablo, para ser testigos de la Buena Noticia, asumirán el mismo camino de sufrimiento, confiados  en el Padre en quien Jesús encomendó su espíritu (Lc 23,46).

Pero si la muerte de Jesús tiene ese valor ejemplar, su resurrección tiene un profundo significado teológico. Es muy importante que el malhechor arrepentido reconozca que ha hecho cosas malas, como antes lo hicieron otras personas a lo largo del mismo Evangelio:

  • la pecadora pública que «comenzó a llorar» por «sus muchos pecados» (Lc 7,38.47),
  • el publicano en el Templo, que reza: «¡Oh Dios!¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lc 18,13).
  • Zaqueo, que reconoce que defraudó a otros (Lc 19,8).

Se trata de un tema clave de todo el Evangelio, en el que se describe que la misión de Jesús «no es llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5,32). Esa es la Buena Noticia anunciada por Jesús, pero no comprendida por sus oyentes.

En efecto, los jefes el pueblo, el otro delincuente crucificado, y los mismos testigos del Resucitado en el momento de la Ascensión, tienden a comprender el Reinado de Dios anunciado por Jesús como un salvarse cada uno de los males padecidos. En cambio el malhechor arrepentido comprendió el Reinado de Jesús (aunque no lo imaginara tan cercano), como el perdón prometido a los que transforman su vida. A los que se convierten.

Y ése es el sentido de la misión confiada a los discípulos: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén» (Lc 24,46-47). Los hombres alcanzan la salvación cuando se convierten y reciben el bautismo para el perdón de sus pecados y la fuerza del Espíritu Santo para poder practicar una vida nueva (Hch 2,38).

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El Tránsito o Dormición de María

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En el libro del Apocalipsis se dice que “una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (12,1). Esta imagen parece simbolizando al pueblo de Dios, ya que evoca el sueño de José, donde el sol representa a su padre Israel, la luna a su madre Raquel y las estrellas a él y a sus once hermanos (cf. Gén 37,9-10). El hecho de que “está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (Ap 12,2) evoca a Jerusalén, que ha sido descrita por los profetas como una parturienta: “Antes de tener dolores dio a luz, antes de llegarle el parto dio a luz varón. ¿Quién oyó tal? ¿Quién vio cosa semejante? ¿Es dado a luz un país en un solo día? ¿O nace un pueblo todo de una vez? Pues bien: Tuvo dolores y dio a luz Sión a sus hijos” (Is 66,7-9).

El relato del Apocalipsis continúa diciendo: “La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su  hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono” (12,5). Y aquí encontramos una evocación del libro de los salmos. En el Salmo 2 Dios dice del rey mesiánico: «Te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra. Con cetro de hierro, los quebrantarás» (Sal 2,8-9). ¿Quién es ese hijo? No hay duda de que el Apocalipsis se refiere a Jesús, que ha sido exaltado a la presencia de Dios como Mesías y que debe retornar para ejercer su realeza.

Y entonces puede resultarnos bastante espontánea la asociación de la madre de Jesús con aquella Mujer que dio a luz al varón arrebatado hasta el trono de Dios (Ap 12). Sin embargo la historia de la interpretación nos muestra que la tradición más antigua ha visto en la Mujer vestida de sol a la comunidad creyente. Hipólito de Roma (+235) en su tratado Sobre Cristo y el Anticristo (c.61). Allí habla de «la Iglesia, que posee la palabra de Dios más brillante que el sol, está coronada con las estrellas de los doce apóstoles, sufre los dolores de la persecución por causa del Evangelio, y da continuamente a luz a Jesús el Cristo».

Metodio de Tiro (+312) en su Symposium vuelve a interpretar a la Mujer como la Iglesia, y al niño engendrado como el cristiano renacido mediante el bautismo.

La interpretación mariológica más antigua que nos ha llegado sobre Ap 12 es de un padre griego llamado Ecumenio (siglo VI), que refiere la acechanza del dragón contra el niño (12,4) al propósito de Herodes contra Jesús en Belén (Mt 2,16) y la huída de la Mujer al desierto (12,6) con la partida hacia Egipto (Mt 2,14).

Hasta finales del siglo IV carecemos de noticias fiables sobre cómo fue el final de la vida de María. Las expresiones que nos refieren este acontecimiento se han ido configurando en la Liturgia y en la Teología a lo largo de los siglos. Los relatos sobre el Tránsito de María intentan exponer el misterio de su participación en la gloria de Jesús resucitado a través de la narración de su muerte y entierro.

Estas narraciones se propagaron a medida que en la Iglesia se desarrollaron la piedad y el culto a la Madre de Jesús, y se fue reflexionando sobre su inserción en el misterio de Cristo. Especialmente en la época del Concilio de Éfeso (431), en el que se declara a María Madre de Dios (Theotokos), y a partir de entonces, se multiplicaron los escritos que narran su Tránsito desde este mundo. Los relatos sirvieron especialmente para comunicar popularmente la fe en Jesús, definido en los concilios de la época como verdadero Dios y verdadero hombre. La fiesta del Tránsito, Dormición  o Asunción de María se introdujo en el siglo VI en sustitución de una fiesta anterior que ya se celebraba el 15 de agosto. Hacia el año 600 el emperador Mauricio extendió la solemnidad de la Dormición a todo el Imperio y se convirtió en la gran fiesta de María.

No han sido textos explícitos, sino una lectura global de la tradición bíblica lo que ha conducido a la promulgación del dogma de la Asunción de María en 1950 por Pío XII en la Constitución apostólica Munificentissimus Deus: “Todos estos argumentos y razones de los santos padres y teólogos se apoyan, como en su fundamento último, en las sagradas Escrituras, las cuales ciertamente nos presentan ante los ojos a la augusta Madre de Dios en estrechísima unión con su divino Hijo y participando siempre de su suerte”.

La enseñanza contenida en esta formulación quiere mostrar a todos los creyentes la realización anticipada de lo que aún no se ha consumado definitivamente, el destino cumplido de los que aún caminan con esperanza:

“La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo” (Catecismo de la Iglesia Católica 974).

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El Tiempo Pascual

La Cincuentena Pascual

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Los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés son celebrados con alegría y exultación como si se tratara de un solo y único día festivo, más aún, como un gran domingo (S Atanasio, Ep fest 1). Estos son los días en que principalmente se canta el aleluya. La Cincuentena descansa sobre los domingos de Pascua. No obstante, se conserva la fiesta de la Ascensión del Señor a los cuarenta días de Pascua, aunque se ha previsto su trasladado al domingo VII allí donde no sea posible celebrarla como fiesta de precepto.

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La octava pascual

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El domingo de resurrección se prolonga en la Cincuentena simbólica, el tiempo del Espíritu. No obstante, los ocho primeros días tienen un sentido especial.La celebración de la octava pascual sigue fundamentalmente dos grandes líneas:

la primera, definida por los Evangelios del lunes, martes y miércoles, se centra en las apariciones, incluido el domingo de la octava

la segunda línea viene marcada por el recuerdo de la Iniciación cristiana: subrayan este aspecto los textos de las oraciones del Misal.

El lunes de la octava se inicia la lectura semicontinua de Hechos de los Apóstoles de las misas de las ferias de la Cincuentena, independientemente de la sene de primeras lecturas de los domingos, tomadas del mismo libro.

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Los domingos de Pascua

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A partir del domingo II, los domingos que integran la Cincuentena pascual tienen unidad temática definida por el Evangelio y la 1a lectura.

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Año A Año B Año C
Domingo II Hech 2,42-471 Pe 1,3-9Jn 20,19-31 Hech 4,32-351 Jn 5,1-6Jn 20,19-31 5,12-16Ap 1,9-11aJn 20,19-31
Domingo III Hech 2,14 22-331 Pe 1,17-19Lc 24,13-35 Hech 3,13-15 17-191 Jn 2,1-5Lc 24,35-43 Hech 5,27-32 40-41Ap 5,11-14Jn 21,1-19
Domingo IV Hech 2,14 36-411 Pe 2,20-25Jn 10,1-10 Hech 4,8-121 Jn 3,1-2Jn 10,11-18 Hech 13,14 43 52Ap 7,9 14-17Jn 10,27-30
Domingo V Hech 6,1-71 Pe 2,4-9Jn 14,1-12 Hech 9,26-311 Jn 3,18-24Jn 15,1-8 Hech 14,20-26Ap 21,1-5Jn 13,31-35
Domingo VI Hech 8,5-8.14-171 Pe 3,15-18Jn 14,15-21 Hech 10,25-26.34-35.44-481 Jn 4,7-10Jn 15,9-17 Hech 15,1-2.22-29Ap 21,10-14.22-23Jn 14,23-29
Domingo VII Hech 1,12-141 Pe 4,13-16Jn 17,1-11a Hech 1,15-17.20-261 Jn 4,ll-16Jn 17,11b-19 Hech 7,55-60Ap 22,12-14.16-20Jn 17,20-26

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En efecto, el domingo II trata del don del Espíritu y vida de la comunidad; el domingo III: apariciones y anuncio del Evangelio; domingo IV: el Buen Pastor; domingo V: partida de Jesús y ministerios; domingo VI: promesas y manifestaciones del Espíritu; domingo VII: ausencia-presencia en la espera del Espíritu. Como lectura apostólica se leen: la I Carta de san Pedro (A), la I Carta de san Juan (B) y el Apocalipsis (C), textos muy acordes con el espíritu del tiempo pascual. Por su parte, los prefacios de la Misa se fijan en la resurrección y en la presencia del Señor en su Iglesia

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La «Ascensión del Señor» y el «Domingo de Pentecostés»

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Ambas solemnidades tienen el sello propio que les ha conferido la tradición, pero en la liturgia actual se ha acentuado la dimensión eclesiológica de la primera y la dimensión pascual y pneumatológica de la segunda. Las lecturas bíblicas de la misas armonizan entre sí en cada fiesta:

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Año A Año B Año C
Ascensión Hech 1,1-11Ef 1,17-23Mt 28,10-20 Hech 1,1-11Ef 4,1-13Mc 16,15-20 Hech 1,1-11Heb 9,24-28; 10,19-23Lc 24,46-53
Pentecostés (vigilia) Gen 11; Ex 19; Ez 37Rom 8,22-27Jn 7,37-39 Jl 2,28-32Rom 8,22-27Jn 7,37-39 Jl 2,28-32Rom 8,22-27Jn 7,37-39
Pentecostés (día) Hech 2,1-111 Cor 12,3-7.12-13Jn 20,19-23 Hech 2,1-11Gal 5,16-25Jn 15,26-27; 16,12-25 Hech 2,1-11Rom 8,8-17Jn 14,15-16.23-26

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Las ferias del tiempo pascual

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A partir del lunes de la semana II de Pascua las ferias guardan cierta unidad basada en la lectura semicontinua de Hechos de los Apóstoles, que empezó en la octava, y de los capítulos 3, 6, 12, 13-17 y 21 del Evangelio según san Juan, que completan la lectura de este Evangelio iniciada en la Cuaresma. Éstos capítulos se refieren a los sacramentos pascuales y recogen los discursos del adiós, pero independientemente de la serie de lecturas evangélicas dominicales.

Las oraciones iniciales de la Misa de cada día son propias, mientras que las restantes oraciones se encuentran en los formularios dominicales.

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Semana Santa

La Semana Santa, llamada también «semana mayor» o «semana grande», es la semana que conmemora la Pasión de Jesús. Se compone de dos partes: el final de la Cuaresma, desde el Domingo de Ramos al Miércoles Santo, y el Triduo Pascual, Jueves, Viernes y Sábado-Domingo.

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El Domingo de Ramos

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Con el Domingo de Ramos se inaugura la Semana Santa. La ceremonia de este día contiene dos ritos importantes: la procesión de los ramos y la lectura de la Pasión. Estos ritos corresponden a dos tradiciones litúrgicas:

El de la liturgia de Jerusalén, que con la celebración festiva de las palmas imita la entrada de Jesús en la ciudad santa.

Y la liturgia de Roma, con su austera memoria de la pasión: una evocación que busca ser actualizada.

La procesión con las palmas recuerda la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, la acogida gozosa con ramas y palmas de los sencillos, el peregrinar al centro del cumplimiento de su misión. La repetición litúrgica del hecho supone la actualización y el compromiso de la comunidad en el acontecimiento. También hoy somos llamados a reconocer al Mesías, a unirnos a las aclamaciones de los sencillos, a asumir la misión.

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La lectura de la pasión intenta unir desde el principio las dos caras del misterio pascual: fracaso y triunfo, muerte y resurrección, dolor y alegría…

Así se nos invita desde el principio a seguir a Jesús hasta la cruz, para participar también de su resurrección.

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El Jueves Santo

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La Misa Crismal se celebra en cada una de las catedrales en la mañana del Jueves Santo. En ella el obispo diocesano, pastor de la Iglesia local, concelebra con sus sacerdotes como señal de unidad y fraternidad, y es asistido por ellos en la consagración de los óleos:

  • el santo crisma que se usará en el bautismo, confirmación y ordenación
  • y el óleo para la unción de los enfermos.

Es altamente significativo que la consagración de los óleos que han de usarse para los sacramentos tenga lugar en el contexto de la eucaristía y en la proximidad de la pascua. Porque los sacramentos reciben su significación y eficacia del misterio pascual de Cristo.

Un tema central de la misa crismal es el de la participación de la misión profética, sacerdotal y de Cristo. Por el sacramento del orden, los ministros renuevan en nombre de Jesús el sacrificio de la redención, preparan el banquete pascual, presiden al pueblo santo en el amor, lo alimentan con la Palabra de Dios y lo fortalecen con los sacramentos.

En la misa crismal los pastores renuevan su compromiso de servicio. Después del evangelio y la homilía, el obispo invita a los sacerdotes a renovar su dedicación al Reino de Dios. Juntos prometen unirse más de cerca a Jesús, ser sus fieles ministros, enseñar y celebrar la Eucaristía en su nombre y conducir hacia Dios a todos sus hijos.

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En el Jueves Santo se conmemora la Cena de despedida de Jesús. Todo el misterio del Jueves Santo y del Triduo Pascual se contiene en estas palabras del Evangelio de Juan (13,1):

«Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre; y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo»…

En la eucaristía del Jueves Santo la Iglesia celebra el legado de amor de Jesús por medio de dos gestos:

  • Mediante el lavatorio de los pies, Jesús enseña a sus discípulos la actitud de servicio que debe caracterizar al que preside a sus hermanos.
  • la fracción y donación del pan y del vino, que es el signo de compartir una bendición divina en las comidas judías.

Celebrada en memoria de Jesús, la Eucaristía actualiza constantemente la entrega de aquel que nos ha traído la reconciliación con Dios.

Así, delante de sus discípulos Jesús compendió su vida y lo expresó en un acto de servicio y amor.

Repetir los gestos de Jesús es para todos sus discípulos el compromiso de seguir su ejemplo de entrega y de servicio.

Finalizada la celebración eucarística, acompañamos a Jesús en su oración en el Huerto. Como Él, pedimos al Padre que no se haga nuestra voluntad, sino la suya.

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El Viernes Santo

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El Viernes Santo se celebra la Pasión del Señor. Por medio de ella conmemoramos la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte.

La actual celebración es austera: comienza por un rito inicial antiguo, la postración del celebrante y de sus ayudantes en silencio.

El evangelio leído es el relato de la Pasión de San Juan, donde la cruz es la suprema revelación del amor de Dios.

Sigue la oración universal, que responde a la amplitud de la misión redentora de Jesús, que vino a congregar a todos los hijos de Dios dispersos. Cristianos, creyentes de otras religiones, y hombres y mujeres que no profesan ningún credo, todos son incluidos en la oración, ya que Jesús quiso dar su vida por todos ellos.

Durante la adoración de la cruz se cantan los improperios. Éstos evocan el misterio de la glorificación de Jesús, que muere herido de amor y de ternura hacia su pueblo.

En esta celebración se hace también el recuerdo de la Madre de Jesús, dolorosa y fiel al pie de la cruz.

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El Sábado Santo

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El sábado santo es un día alitúrgico, ya que en él no se celebra ni la eucaristía ni los sacramentos, y la Iglesia guarda un silencio expectante junto al sepulcro. Así expresa, por una parte, el dolor por la muerte de Cristo y, por otra parte, la esperanza en la resurrección.

Las únicas celebraciones previstas son las de Laudes y Vísperas, o incluso.podría pensarse en el Oficio de Lectura, debidamente preparados, teniendo en cuenta la comunidad.

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La Vigilia Pascual

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La Vigilia Pascual es la celebración más importante del año y la culminación de la Semana Santa.

Se inicia con la bendición del fuego fuera del templo, con el cual se enciende el cirio que simboliza a Cristo Resucitado. Con el fuego del cirio pascual se encienden las velas que portan los fieles; de este modo, se entra en procesión en la iglesia, ya preparada y adornada.

Dentro del templo se proclama el pregón pascual, canto de esperanza y de triunfo.

La liturgia de la palabra describe la historia de la salvación a través de introducciones catequéticas y de lecturas bíblicas, hasta llegar al Evangelio.

La tercera parte celebra el nuevo nacimiento. Se bendice el agua, se realiza la profesión de fe y la renovación del compromiso cristiano y se procede en algunos casos a la administración del bautismo.

Las promesas bautismales se renuevan de pie, con los cirios encendidos, mediante un diálogo que concluye con la aspersión del agua bendecida.

En la eucaristía experimentamos la comunión con Jesús, que comió con los discípulos de Emaús y con los Once después de su resurrección.

Y en el encuentro comunitario experimentamos la fraternidad que surge de nuestra vida nueva como hijos de Dios.

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Categorías: Año litúrgico

Quadragesima (La Cuaresma)

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La Cuaresma dura cuarenta días, desde el domingo I de este tiempo hasta el jueves santo. Pero a estos días hay que añadir el miércoles de ceniza y las ferias de este nombre. De modo que, si comenzamos la cuenta de los cuarenta días el citado miércoles, la Cuaresma termina el domingo de Ramos, que, a su vez, inaugura la Semana Santa.

La Cuaresma es el resultado de un largo proceso de sedimentación de tres itinerarios litúrgico-sacramentales: la preparación inmediata de los catecúmenos a los sacramentos de Iniciación, la penitencia pública y la participación de la comunidad cristiana en los dos anteriores como preparación para la Pascua. La Cuaresma o quadragesima es conocida con este nombre desde el siglo IV (san Jerónimo y Egeria) y hace referencia al significado del número 40 en la Biblia.

Los primeros datos acerca de una preparación de la Pascua son los del ayuno de dos o tres días en los siglos II y III. En Roma el ayuno se extendía durante tres semanas ya en el siglo IV (SÓCRATES, Hist Eccl 5,22), pero numerosos testimonios hacen pensar en la existencia de la cuarentena penitencial como un hecho general a finales de dicho siglo o comienzos del siguiente. Sin embargo, desaparecida la institución del catecumenado y sustituida la reconciliación pública por la penitencia secreta (s VII), la Cuaresma quedó configurada en el Misal y en el Oficio divino como un tiempo casi exclusivamente penitencial y ascético. La ceniza se empezó a imponer a todos los fieles en el siglo IX, cuando había decaído la práctica de la penitencia pública.

La Cuaresma es un signo definido fundamentalmente por la gracia y la salvación logradas por Cristo, nuevo Israel (cf Mt 2,15), y por la conversión, la fe, el bautismo y la penitencia (cf SC 109-110).

 Texto completo del Mensaje del Papa para la Cuaresma 2016

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El «miércoles del comienzo de la Cuaresma»

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La actual celebración de este día ha reinterpretado el rito de la ceniza (cf. Gen 3,19) como expresión de la voluntad de conversión ante la llamada de Dios. Las lecturas de la misa invitan a la autenticidad de las obras penitenciales de la Cuaresma: Jl 2,12-18; 2 Cor 5,20-6,2 y Mt 6,1-6.16-18.

Las ferias que siguen al miércoles de ceniza se mantienen en la misma línea, con textos sobre las obras penitenciales. El jueves después de ceniza da comienzo la lectura semicontinua del Libro del Éxodo en el oficio de lectura.

 

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Los domingos de Cuaresma

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Constituyen el entramado de toda la Cuaresma, especialmente el año A, de marcado carácter bautismal. El año B, en cambio, desarrolla una línea cristológico-pascual, mientras el año C es más penitencial. Ahora bien, los domingos I y II de los tres años tienen un mayor acento cristológico, mientras que los domingos III, IV y V lo tienen eclesiológico y sacramental. El Domingo de Ramos tiene fisonomía propia. He aquí la serie de lecturas dominicales de la Misa:

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Año A

I Domingo Gén2,7-9;3,l-7 Rom 5,12-19 Mt 4,1-11
II Domingo Gen 12,l-4a 2Tim 1,8-10 Mt 17,1-9
III Domingo Ex 17,3-7 Rom 5,1-2 5-8 Jn 4,5-42
IV Domingo 1 Sam 16,1.6-7.10-13 Ef 5,8-14 Jn 9,1-41
V Domingo Ez 37,12-42 Rom 8,8-11 Jn 11,1-45
Domingo Ramos (proc.) Mt 21,1 -11 Is 50,2-7 Flp 2,6-11 Mt 26,14-27,66

Año B

I Domingo Gen 9,8-15 1 Pe 3,18-22 Mc 1,12-15
II Domingo Gen 22,1-2 9 15-18 Rom 8,31-34 Mc 9,1-9
III Domingo Ex 20,1-17 1 Cor 1,22-25 Jn 2,13-25
IV Domingo 1 Crón 36,14-16.19-23 Ef 2,4-10 Jn 3,14-21
V Domingo Je 31,31-34 Heb 5,7-9 Jn 12,20-33
Domingo Ramos (proc.) Mc 11,1-10 Is 50,2-7 Flp 2,6-11 Mc 14,1-15,47

Año C

I Domingo Dt 26,4-10 Rom 10,8-13 Lc 4,1-13
II Domingo Gen 15,5-12.17-18 Flp 3,17-4,1 Lc 9,28-36
III Domingo Ex 3,1-8.13-15 1 Cor 10,1-6 Lc 13,1-9
IV Domingo Jos 5,9-12 2 Cor 5,17-21 Lc 15,1-3.11-32
V Domingo Is 43,16-21 Flp 3,8-14 Jn 8,1-11
Domingo Ramos (proc.) Lc 19,28-40 Is 50,2-7 Flp 2,6-11 Lc 22,14-23,56

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Los temas nucleares de los domingos I y II de los tres años son coincidentes: Cristo, el Siervo, atraviesa el desierto conducido por el Espíritu, y es confirmado como enviado del Padre para cumplir la misión de salvación. Los evangelios respectivos se toman de los sinópticos.

Los temas de los domingos III, IV y V del año A se centran en el agua viva, en la luz y en la resurrección, respectivamente. En el año B aluden a otros tantos signos del misterio pascual: el templo, la serpiente de bronce y el grano de trigo, tomados del IV Evangelio. Los temas de los domingos III-V del año C forman la serie «de la misericordia divina»: interpretación de unos hechos luctuosos, el hijo pródigo y la adúltera. Los textos pertenecen al Evangelio según san Lucas, excepto el último, tomado de san Juan.

El domingo de Ramos se proclama el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén en el rito de la bendición de los ramos, y la Pasión del Señor en la misa, cada año según el respectivo sinóptico. Las demás lecturas de la misa y el salmo hablan de la actitud del Siervo.

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Las ferias de Cuaresma

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Las ferias de las cinco semanas de Cuaresma, aun dentro de su autonomía, completan aspectos temáticos de los domingos. El lunes de la IV semana se inicia la lectura del Evangelio según san Juan, siguiendo los pasajes que tienen mejor cabida en la Cuaresma y que preludian la Pasión.

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Las ferias de la Semana Santa

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La Cuaresma tiene como días finales las cuatro primeras ferias de la Semana Santa. En efecto, el lunes, martes y miércoles santos prolongan de alguna manera el ambiente prepascual del domingo de Ramos. Las primeras lecturas presentan los cantos del poema del Siervo (Is 42,1-7; 49,1-6; Is 50,4-9a) y los evangelios recogen episodios que preludian la Pasión: la unción en Betania (Jn 12,1-11), el anuncio de la negación de Pedro y de la traición de Judas (Jn 13,21-33.36-38) y la revelación de la traición de éste (Mt 26,14-25).

La Misa crismal de la mañana del jueves es, en realidad, un paréntesis, si bien poniendo de relieve que todos los sacramentos brotan de la humanidad vivificada y vivificante de Cristo, el ungido del Señor (cf. Is 61,1-9; Sal 89; Lc 4,16-21), que ha hecho partícipe de su consagración al pueblo santo (Ap 1,5-9).

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Nativitas Domini (Nacimiento del Señor)

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La característica más visible de este periodo es la acumulación de fiestas. Las principales son el 25 de diciembre y la Epifanía, el 6 de enero, pero el domingo siguiente a Navidad se celebra la fiesta de la Sagrada Familia, el 1 de enero, octava de Navidad, la solemnidad de Santa María Madre de Dios, y el domingo después de Epifanía la fiesta del Bautismo del Señor. Por otra parte, durante la octava de Navidad se incluye, en los días 26, 27 y 28 de diciembre, las fiestas de san Esteban, san Juan Evangelista y los santos Inocentes. Después del 1 de enero, las ferias de Navidad tienen menor categoría.

A finales del siglo IV la Navidad se celebraba ya en el norte de África (360), en España (384), en Constantinopla (380), en Antioquía (386). La liturgia papal de Roma, a partir del siglo V, comprendía tres estaciones el 25 de diciembre:

  1.  Santa María la Mayor —junto al pesebre— en la media noche
  2.  Santa Anastasia, al amanecer
  3.  San Pedro, entrado el día.

Con origen diferente en cuanto a la época, las tres celebraciones se difundieron con los libros litúrgicos romanos.

En el siglo VI se introdujo la vigilia de Navidad con ayuno y una misa vespertina, y probablemente también la octava el día 1 de enero.

Las fiestas de san Esteban, san Juan Evangelista y los Inocentes se remontan al menos al siglo VI en la liturgia romana, aunque ya se celebraban desde el siglo IV en la liturgia siria, con la particularidad de incluir también las fiestas de san Pedro y san Pablo, san Juan y Santiago el día 27, no teniendo la fiesta de los Inocentes. Las restantes liturgias occidentales siguen a la liturgia romana, pero conmemorando también el día 27 al apóstol Santiago.

La fiesta de Epifanía estaba presente a finales del siglo IV no sólo en Asia Menor, según las homilías de los Padres Capadocios (372ss), en Antioquía (386), en Chipre (374), en Jerusalén (380), sino también en Occidente: Galia (361) y España (380). La primera noticia segura de su celebración en Roma son las homilías de san León (440-461). Ahora bien, mientras en Oriente la Epifanía oscila entre la conmemoración del Bautismo del Señor y la fiesta del Nacimiento, en Occidente se centra en la adoración de los Magos. No obstante, las-liturgias occidentales han también conmemorado en la Epifanía las manifestaciones del Señor en la adoración de los Magos, en el Bautismo de Jesús y en las bodas de Cana, y en algunas Iglesias también la transfiguración y la multiplicación de los panes.

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Las Misas de Navidad

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La misa de la vigilia se abre con el canto «Hoy vais a saber que el Señor vendrá» (Ex 16,6-7). En ella se proclama la genealogía de Jesús (Mt 1,1-25; Is 62,1-5; Hech 13,16-17.22-25). Las oraciones conectan el tiempo de Adviento con la Navidad.

La misa de medianoche tiene un claro paralelo con la vigilia pascual. El Evangelio anuncia: «os ha nacido un Salvador» (cf. Lc 2,1-14), el descendiente de David (Is 9,2-7), Jesucristo, Dios y Salvador nuestro (Tit 2,11-14), a quien el Padre dice: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7).

La misa de la aurora evoca la adoración de los pastores (Lc 2,15-20). Ellos representan a todo el pueblo, como la hija de Sión (Is 62,11-12; Zac 9,9).

La misa del día se centra en el misterio de la Palabra hecha carne (Jn 1,1-18), cuya venida ha traído la salvación (Is 52,7-10) y es revelación del Padre a los hombres (Heb 1,1-6).

La solemnidad  de la Epifanía conserva su carácter tradicional dentro de la liturgia romana. El evangelio (Mt 2,1-12) y el profeta (Is 60,1-6) configuran el alcance teofánico y universalista de la celebración. La misa se abre con el texto de Mal 3,1, para esbozar en la colecta el contenido de la solemnidad. Al Evangelio y al profeta acompañan el Sal 71 y Ef 3,2-3.5-6 (2.a lect.). El prefacio celebra a Cristo, «manifestado en nuestra carne mortal».

La misa de la Sagrada Familia (domingo dentro de la octava de Navidad) presenta el acontecimiento de la presencia del Hijo de Dios en el seno de una familia humana, especialmente en los Evangelios (Mt 2,13-15.19-23: año A; Lc 2,22-40: B; y Lc 2,41-52: C), y por otra propone «el maravilloso ejemplo de la Sagrada Familia» (colecta) como modelo de la Iglesia y de la institución familiar. Este aspecto lo señalan las lecturas del Antiguo Testamento y del Apóstol en los tres ciclos.

El domingo II de Navidad celebra el Nacimiento de Jesús con el colorido pascual del día del Señor. La misa se abre con la alusión al descenso de la Sabiduría divina (Sab 18,14-15; cf. Eclo 24,1-4.12-16: 1.a lect.; Jn 1,1-18: Evang.). La segunda lectura habla igualmente de la gloria del Señor (cf. Ef 1,3-6.15-18). Las oraciones tienen también un contenido sapiencial evidente.

La fiesta del Bautismo del Señor enriquece notablemente el ciclo navideño, desde el punto de vista cristológico. El Evangelio se lee cada año según un Sinóptico (Mt 3,13-17; Mc l,6b-l 1; Lc 3,15-16.21-22), mientras las restantes lecturas hablan de la investidura mesiánica de Cristo y de su unción por el Espíritu (Is 42,1-4.6-7; Hech 10,34-38), temas que se evocan también en el prefacio y en las oraciones, si bien estos textos hacen referencia al sacramento del Bautismo.

Las ferias que siguen a la octava de Navidad se refieren a signos epifánicos tomados del IV Evangelio hasta el 5 de enero y de los demás evangelistas entre el 7 y el 12.

Entre las costumbres de la Navidad se destacan la representación del Nacimiento de Jesús en un Pesebre y la ornamentación del Árbol Navideño.

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Adventus Domini (la Venida del Señor)

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Antes del desarrollo del ciclo litúrgico, la predicación de los Apóstoles tenía como punto central la glorificación de Jesús, mensajero del Reino de Dios, como comienzo de la redención de todo el mundo:

«Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir» (Hech 1,11).

«El Señor les concederá el tiempo del consuelo y enviará a Jesús, el Mesías destinado para ustedes, a quien el cielo debe retener hasta el momento de la restauración universal, que Dios anunció antiguamente por medio de sus santos profetas» (Hech 3,20-21)

La palabra latina «ADVENTUS», que traduce el griego «PAROUSÍA», era un motivo clásico en la representación de los soberanos romanos. El Apóstol Pablo lo aplicará al retorno glorioso de Jesús Resucitado.

«Conservados sin mancha hasta la VENIDA (Parousía) de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 5,23)

  • Esa VENIDA (definitiva) sigue siendo el centro de la esperanza de los creyentes.
  • La Venida histórica (NACIMIENTO) de Jesús es el comienzo de la realización de esa esperanza.

La Iglesia, al celebrar el Adviento unido a la Navidad, es consciente de vivir la espera del antiguo Israel en la expectativa mesiánica y, a la vez, experimentar su propia espera de la consumación de la filiación divina comunicada por Cristo en su venida histórica (cf. Rom 8,19; 1 Jn 3,2). Esta temática descansa sobre los cuatro domingos, siguiendo las líneas del Leccionario de la Misa, que da unidad a los tres ciclos A, B y C

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Los domingos de Adviento

Año A

I Domingo Is 2,1-5 Rom 13,11-14 Mt 24,37-44
II Domingo Is 11,1-10 Rom 15,4-9 Mt 3,1-12
III Domingo Is 35,1-6.10 Sant 5,7-10 Mt 11,2-11
IV Domingo Is 7,10-14 Rom 1,1-7 Mt 1,18-24

Año B

I Domingo Is 63,16-17; 64,1.3-8 1 Cor 1,3-9 Mc 13,33-37
II Domingo Is 40,1-5.9-11 1 Pe 3,8-14 Mc 1,1-8
III Domingo Is 61,1-2 10-11 2 Tes 5,16-24 Jn 1,6-8.19-28
IV Domingo 1 Sam 7,1-5.8.12.14 16 Rom 16,25-27 Lc 1,26-38

Año C

I Domingo Jer 33,14-16 1 Tes 3,12-4,2 Lc 21,25-28.34-36
II Domingo Bar 5,1-9 Flp 1,4-6 8-11 Lc 3,4-6
III Domingo Sof 3,14-18 Flp 4,4-7 Lc 3,10-18
IV Domingo Miq 5,2-5 Heb 10,5-10 Lc 1,39-45

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En efecto, estas lecturas hacen que el domingo I gire todo él en torno a la vigilancia y a práctica de las obras de la luz en la espera escatológica de la última venida del Señor. La esperanza es la nota dominante como actitud fundamental de la vida cristiana.

El II domingo, aun dentro de la misma tónica escatológica, introduce los avisos de Juan el Bautista: «preparad los caminos del Señor». Su lenguaje vehemente, inspirado en Isaías y Baruc (1.a lect. B y C), llama a la conversión y al cambio de vida.

El domingo III de Adviento, denominado Gaudete (alegraos) según el consejo paulino de Flp 4.4-5 (2.a lect. año C), está todo él marcado por la alegría «porque el Señor está cerca».

Nuevamente el Bautista refleja las actitudes del Adviento, como destaca la lectura patrística del Oficio. El domingo IV se sitúa ya en los acontecimientos que precedieron al nacimiento de Jesús. Es el domingo de las anunciaciones a José (evang. del año A), a María (evang. del año B) y a Isabel (evang. del año C), el domingo en el que la figura de María, la Mujer (nueva Eva) y Madre del Señor, confiere una nota singular a toda la celebración.

Para expresar la secuencia de los domingos de este tiempo surgió la tradición de la corona de Adviento.

Las ferias de Adviento

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Constituyen el complemento de los domingos, pero forman dos bloques, hasta el 16 de diciembre y desde el 17 hasta el 24. En las ferias hasta el 16 de diciembre se lee el libro de Isaías como primera lectura de la Misa, siguiendo el mismo orden del libro, sin excluir los fragmentos que se leen también los domingos. Los evangelios de estos días están relacionados con la primera lectura. Sin embargo, desde el jueves de la segunda semana, las lecturas del evangelio se refieren a Juan el Bautista, de manera que las primeras lecturas o continúan el libro de Isaías o contienen un texto relacionado con el evangelio. En la última semana antes de Navidad, se leen en la primera lectura textos proféticos relacionados con el evangelio, y en éste, los acontecimientos que prepararon el nacimiento del Señor.

Una característica importante de las ferias a partir del día 17 es el uso de las célebres «antífonas de la O» en las Vísperas y en el aleluya de la Misa. Estas antífonas constituyen una bellísima recreación poética de los títulos mesiánicos de Cristo.

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LA SANGRE DE LA ALIANZA QUE SE DERRAMA POR MUCHOS

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«El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?».

El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: «¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?». El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario».

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, Jesús tomo el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo».

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberá más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios» (Mc 14,12-16.22-26).

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El Cordero de Dios inmolado en vísperas de la Pascua

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A pesar de presentarla como una comida Pascual, el relato de Marcos sobre la Última Cena no muestra lo propio de una liturgia pascual: Faltan los principales elementos de este tipo de cena, sobre todo el cordero.

Por otra parte, la fecha presentada por el Evangelio de Juan indica que ese año la Pascua se celebró a partir del anochecer del viernes:

  •  Los acusadores de Jesús no entraron en el pretorio de Pilato a la mañana siguiente, «para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua» (Jn 18,28).
  •  «Era el día de la Preparación de la Pascua» (19,14).
  •  Por eso mismo se ordenó que los crucificados «no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne» (19,31).

Jesús fue arrestado la noche anterior a la gran noche de la pascua y crucificado al día siguiente, a la misma hora en que en el Templo se sacrificaban los corderos para la cena pascual, a unos cientos de metros de distancia.

Pero en la cena de Jesús subsiste el ambiente pascual de esos días, que le permite dar un significado a su muerte previsible.

La última Cena, celebrada en el contexto de la Pascua, es presentada por Jesús como el comienzo de un nuevo camino.

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La Nueva Alianza sellada con mi Sangre

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Como siglos antes, cuando Israel había llegado a ser un pueblo en virtud de la ALIANZA con Dios, también ahora comienza una nueva relación de los hombres con Dios. Lucas añade que es la NUEVA Alianza (Lc 22,20).

El gesto de Jesús quiere significar la renovación de Alianza del Sinaí, tal como lo había anunciado el profeta, por la cual la voluntad de Dios sería cumplida por los hombres y por la que Dios perdonaría sus pecados.

«Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días -oráculo del Señor-: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.  Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: «Conozcan al Señor». Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande -oráculo del Señor-. Porque yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado» (Jer 31,33-34).

 Y como en el Sinaí se selló la Alianza con la sangre de un sacrificio, ahora la muerte inminente de Jesús adquiere ante Dios ese mismo significado. Jesús evoca en las palabras sobre el cáliz las mismas palabras de Moisés:

«Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes, según lo establecido en estas cláusulas» (Ex 24,8).

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«Hagan esto en memoria mía»

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Podemos comprender el gesto de Jesús como un signo de carácter profético. Porque los gestos de los profetas no sólo representaban una realidad anunciada, sino que, además, la hacían efectiva.

En esos signos Dios mismo actuaba en Israel por mediación del profeta. El profeta insertaba en la historia, por medio del signo, aquello que vendría más tarde. Con el signo se ponía en marcha la realización.

  •  Isaías, desnudo y descalzo, presagia el inminente destierro que realizará Asiria (Is 20,3).
  •  Jeremías rompe una jarra como anuncio del destino de Jerusalén (Jer 19,10-11)
  •  Ezequiel afeita su barba y va quemando o desparramando los pelos como presagio del futuro de los desterrados (Ez 5,1-14).

Previendo el final violento de su vida, Jesús hace de ella un don libre a favor de aquellos a los que ha sido enviado. En el pan compartido quiso entregar su vida dedicada a amar a los suyos hasta el extremo (Jn 13,1).

También, como en toda comida, los comensales son hechos partícipes. Por eso repetir el gesto de Jesús en el futuro será para todos sus discípulos el compromiso de seguir su ejemplo de entrega y de servicio.

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La actualización del perdón

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Entre los signos que Jesús había realizado anteriormente se encontraba el sentarse a la mesa con los pecadores

Así realizaba ya en el presente un anticipo del banquete final del Reino de Dios. La presencia de Jesús en las comidas había significado para los publicanos y otros marginados religiosos la garantía real de salvación.

Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?» Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal.  No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5,30-32).

Habituados a ser dejados de lado, ellos podían experimentar ahora que eran objeto de amistad. Y en ese gesto Jesús no temió comprometer su honor:

«Ahí tenéis un comilón y un borracho, AMIGO de publicanos  y pecadores» (Lc 7,34).

Si la presencia de Jesús en las comidas había significado para los publicanos y pecadores la garantía real de salvación, la presencia del Resucitado sigue haciendo accesible la misericordia de Dios a los que participan en la fracción del pan que realiza la comunidad de creyentes.

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La mesa que une

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La comunidad creyente continuó viviendo lo que Jesús había practicado:

«Con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hech 2,46).

«Aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Co 10,17).

La comunidad creyente consiste en un comer-con (synesthiein) cada vez más abarcante, de modo que se eliminen las barreras que separan a las personas:

  •  los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,2).
  •  cuando Pedro subió a Jerusalén, los hermanos de la circuncisión le reprochaban: «Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos» (Hech 11,3).

Esta superación de las discriminaciones intracomunitarias es constructora de fraternidad, y es lo que puede dar al cristianismo una verdadera repercusión social.

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EN EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO

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«Dijo Jesús: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”» (Jn 3, 16-18).

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Un relación recíproca

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El Evangelio de Juan presenta al Dios de Israel como PADRE y a Jesús como HIJO, en una relación singularísima:

El Padre envía y ama al Hijo.

El Hijo ama al Padre y cumple sus mandatos.

Por su parte, el Espíritu Santo, que en otros textos aparece como luz y fuerza de Dios, en Juan es presentado como PARÁCLITO, enviado por el Padre y por Jesús para continuar su presencia junto a los discípulos en su ausencia.

El Evangelio no intenta explicar la naturaleza de esa relación recíproca. Quiere mostrar que esa relación involucra a los discípulos:

«Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (Jn 17,21).

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Un acontecimiento revelado en la historia

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Lo que el Evangelio de Juan expone en forma de discursos de Jesús, sobre todo durante su despedida, es el desarrollo del mensaje pascual predicado por los Apóstoles, como se encuentra en el libro de los Hechos:

«A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos.Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros  veis y oís» (Hech 2,30-31).

La predicación apostólica es un testimonio de la manifestación de Dios en la historia de Jesús, y no la revelación de un secreto divino que está más allá del tiempo. Los apóstoles hablan de lo que han visto y oído (Hech 4,20).

Si pueden hablar de la «Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre», es porque ella se les «manifestó», la contemplaron y tocaron con sus manos (1 Jn 1,1-2).

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Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy

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El acontecimiento pascual ha sido para los apóstoles la manifestación histórica de la relación que une a Dios con Jesús. En la resurrección de Jesús Dios se ha manifestado plenamente como su Padre:

«Nosotros les anunciamos esta Buena Noticia: la promesa que Dios hizo a nuestros padres, fue cumplida por él en favor de sus hijos, que somos nosotros, resucitando a Jesús, como está escrito en el Salmo segundo: Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy» (Hech 13,32-33).

Así lo refiere Pablo a los Romanos:

«Jesucristo, nuestro Señor,

  • nacido de la estirpe de David según la carne,
  • constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador

 por su resurrección de entre los muertos» (Rom 1,3-4)

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La relación recíproca se establece desde la obediencia de Jesús y desde la fidelidad de Dios que no lo abandona al poder de la muerte.

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Bajó sobre él el Espíritu Santo

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En otros textos la relación entre Dios con Jesús precede al acontecimiento pascual, y se remonta al comienzo de su ministerio:

«Cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado» (Lc 3,21-22).

«Después que Juan predicó el bautismo, Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; nosotros somos testigos de todo lo que hizo» (Hech 10,37-39).

La relación recíproca se establece desde la presencia de Dios, que concede a Jesús un poder «mesiánico» para extender su Reinado.

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Será santo y será llamado Hijo de Dios

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En un estadio aún más desarrollado de la tradición, la relación entre Dios con Jesús comienza antes de su nacimiento:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti [María] y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por  eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).

A diferencia de los esquemas precedentes, en los relatos del nacimiento Jesús no llega a ser Hijo de Dios en un determinado momento (Bautismo o resurrección),

  • sino toda su existencia supone la relación filial con Dios.
  • Llega a la existencia por el Espíritu, y toda su vida estará animada por él desde su mismo comienzo.

La paternidad de Dios no se extiende sólo a la conciencia y a la acción de Jesús, sino a toda su existencia.

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Hijo único, lleno de gracia y de verdad

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Finalmente, el Evangelio de Juan, presenta a Jesús como la plenitud de la comunicación de Dios con los hombres:

«Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Lc 1,14).

En la vida concreta [carne] de Jesús, la Sabiduría divina [Palabra] se realiza plenamente, estableciendo una relación filial única con Dios.

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De la vida a la teología

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Estos desarrollos teológicos, antes de ser formulados como doctrina, han sido una experiencia de fe vivida por los creyentes.

En el PLANO PERSONAL, el creyente vive en su propia vida una participación de la relación entre Dios y Jesús mediante el Espíritu Santo:

«La prueba de que ustedes son hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4,6).

En el PLANO COMUNITARIO, los creyentes viven en comunión entre sí por medio de los dones divinos recibidos, más allá de su diversidad:

 Hay diversidad de carismas,              pero el Espíritu es el mismo.

 Hay diversidad de ministerios,           pero el Señor es el mismo.

 Hay diversidad de actividades,          pero uno mismo es el Dios que obra en todos (1 Co 12,4-6)

Los creyentes reconocen que los dones diferentes que posee cada uno están todos inspirados por el Espíritu Santo.

Más allá de sus oficios y jerarquía en la comunidad, todos los creyentes son servidores de Jesús, el Señor.

Todos los emprendimientos pueden realizarse porque es Dios el que obra en ellos.

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Del rito al Credo

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La formulación trinitaria, que hoy se profesa de un modo más extenso en el CREDO, en los orígenes del cristianismo se expresó de forma muy concisa en el rito bautismal:

«Hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19).

«Derrama agua en la cabeza tres veces en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Didakhé VII,2-3).

La vida nueva experimentada por el creyente es un don gratuito del amor de Dios, que recibe por mediación de Jesús en el Espíritu Santo. Por eso en la liturgia el que preside desea a todos la perseverancia en esta vida con el saludo del Apóstol:

«La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes» (2 Co 13,13).

Y las oraciones son dirigidas:

 al Padre                          Destinatario

 por el Hijo                      Mediador

 en el Espíritu Santo      Vivificador y Animador

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Misterio de fe

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Cuando se habla de «misterio» con frecuencia se hace referencia a lo desconocido. Pablo menciona «una sabiduría de Dios en misterio», que trata de «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó: lo que Dios preparó para los que le aman»; y que «a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu, que todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Co 2,7-10).

El Evangelio de Juan afirma que es el Hijo quien «explica» al Dios a quien «nadie le ha visto jamás» (Jn 1,18). Pero ese conocimiento no se queda en una consideración intelectual, por más profunda que ésta sea. Está orientado a vivir en la comunión de amor entre Dios y Jesús:

«Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17,21).

 «Damos testimonio y les anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó – lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,2-3).

El misterio no es una puerta entreabierta para asomarnos. Es una puerta que nos invita a entrar para vivir en un espacio que nunca se termina de recorrer.

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Categorías: Año litúrgico

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